Cada mañana al levantarse lo primero que hacía era ir a ver al pequeño dragón que estaba en la jaula en la que dormía, le daba el desayuno y salían a pasear siempre por los mismos lugares.
Los habitantes de Creta siempre miraban al dragón que tenía unos ojos enormes muy oscuros y su piel era de un color verde muy vistoso, pensaban que era maravilloso, y además se comportaba muy bien, gracias a los cuidados de su amo.
Pasaron los meses y el pequeño dragón se fue volviendo poco a poco en un enorme dragón con unas enormes alas, y una cola inmensa, su color verde tan vistoso se volvió en un verde tan oscuro que casi parecía negro.
A la gente de Creta empezó a darles miedo por lo que unos cuantos decidieron ir a hablar con el muchacho.
-Sentimos decirte esto pero tu dragón esta empezando a darnos algo de miedo, es demasiado grande y creemos que ya no puede seguir aquí.
- Me da igual lo que piensen, el dragón es mio y se queda aquí como hasta ahora.
-Tienes que entender que este dragón no es una mascota cualquiera, es un animal demasiado grande y sabes perfectamente que podría ser peligroso.
-Lo he criado desde pequeño no pueden hacerme esto! Le he enseñado muchas cosas y siempre hemos estado juntos.
-Lo sentimos pero por muchas cosas que haya aprendido y por mucho que le quieras sigue siendo un dragón y si no te lo llevas tu, lo tendremos que hacer nosotros y será peor.
El muchacho les pidió que le dejaran disfrutar de su dragón al menos una semana mas y que después se lo llevaría al desierto. Después de despedirse del dragón el niño volvió a Creta llorando, y así pasó unos días. Años más tarde, este joven, que ya era un hombre, regresando de cazar, fue atacado por unos ladrones y gritó pidiendo auxilio. El dragón, que estaba cerca, reconoció la voz de su protector y acudió en su socorro, librándolo del peligro. Y así le dio muestra de su gratitud.

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